Pensamos que la medicina es neutral es lógico.
Que los diagnósticos son objetivos.
Que los tratamientos se prescriben en función de síntomas y evidencia.
Pero eminencias como la Dra. Carme Valls han puesto sobre la mesa que a menudo la salud también tiene género. Y múltiples estudios demuestran que existe un sesgo sistemático que afecta a las mujeres en la forma en que se nos diagnostica, se nos trata y se nos escucha.
El resultado: enfermedades infradiagnosticadas, psicoanalizadas, tratamientos infantilizados y altas dosis de prescripción de psicofármacos.
El 'eres una histérica', 'estás loca' o 'deja de darle vueltas' ha pasado a la salud.
Y hablar de esto no es victimismo. Es salud pública.
Más diagnósticos y más psicofármacos: ¿casualidad o patrón?
Diversas investigaciones han demostrado que las mujeres reciben más diagnósticos de depresión y ansiedad, así como mayor prescripción de psicofármacos, incluso cuando se ajustan los datos por síntomas y uso del sistema sanitario. Un estudio poblacional realizado en el País Vasco encontró que las mujeres tenían 2,48 veces más probabilidad de ser diagnosticadas con depresión o ansiedad que los hombres, y 1,52 veces más probabilidad de consumir psicofármacos, incluso tras ajustar por estado de salud mental y visitas médicas (García-Esquinas et al., 2020, PubMed ID: 32755295).
En otro estudio con muestra comunitaria amplia en España, las mujeres presentaban una mayor prevalencia de trastornos mentales y consumían más psicotrópicos: 18,1 % de las mujeres frente al 9,3 % de los hombres (Muñoz-Navarro et al., 2021, PubMed ID: 34208274).
La diferencia persiste incluso cuando los niveles de sintomatología son comparables. Una revisión sistemática y metaanálisis reciente concluyó que las mujeres son aproximadamente 54 % más propensas a recibir tratamiento farmacológico para ansiedad y depresión que los hombres, tras ajustar por diagnóstico y necesidad clínica (PubMed ID: 40346833).
Estos datos no significan que las mujeres no sufran más trastornos afectivos —la realidad es compleja y multifactorial—, lo que sí indican que existen patrones de prescripción que no se explican únicamente por diferencias clínicas objetivas.
El género del profesional también influye
El sesgo no solo afecta a quien consulta, sino también a quien prescribe. Un estudio con más de 2,1 millones de pacientes mostró que las mujeres tenían mayor probabilidad de recibir benzodiacepinas, y que los prescriptores masculinos tendían a recetarlas con mayor frecuencia y dosis (Sharma et al., 2020, PubMed ID: 33258001).
Esto apunta a la influencia de factores socioculturales y estereotipos en la práctica clínica. Tradicionalmente, la mujer ha sido asociada con la emocionalidad, la vulnerabilidad y la ansiedad, mientras que el hombre ha sido vinculado con la fortaleza o la resistencia. Estos imaginarios no desaparecen automáticamente al entrar en una consulta médica.
“Frecuente” no significa “normal”
El sesgo de género no solo se manifiesta en salud mental. También está presente en el abordaje del dolor. Las mujeres tardan más en recibir diagnóstico en patologías como la endometriosis, sufren mayor infravaloración del dolor crónico y, en enfermedades cardiovasculares, presentan mayores tasas de infradiagnóstico porque los síntomas “típicos” han sido históricamente definidos a partir de modelos masculinos.
La investigación biomédica durante décadas se realizó mayoritariamente con hombres como sujetos de estudio. Esto ha generado lagunas importantes en el conocimiento sobre cómo afectan los tratamientos, los fármacos y las enfermedades al cuerpo femenino. Cuando decimos que algo “es normal en mujeres”, muchas veces estamos normalizando una falta de investigación o de escucha.
La carga mental y el impacto invisible
Más allá del ámbito clínico, existe un componente estructural que impacta directamente en la salud femenina: la carga mental. Diversos estudios sociológicos muestran que las mujeres asumen mayor responsabilidad en cuidados, tareas domésticas y gestión emocional familiar, incluso cuando trabajan a jornada completa.
Esta carga invisible se asocia con mayor estrés crónico, peor descanso y mayor riesgo de trastornos afectivos. No se trata solo de hormonas. Se trata de contexto social. Cuando a una mujer con agotamiento crónico se le prescribe únicamente un antidepresivo sin explorar factores como sobrecarga de cuidados, falta de descanso, perimenopausia o dolor pélvico, el sistema está simplificando un problema complejo.
¿Qué significa todo esto?
Significa que la salud no es neutral. Que los datos demuestran diferencias persistentes en diagnóstico y tratamiento. Y que necesitamos incorporar la perspectiva de género como herramienta clínica, no como ideología. Significa también que muchas mujeres no están exagerando cuando dicen que no se sienten escuchadas. Y, sobre todo, significa que hay margen de mejora.
Integrar la perspectiva de género implica:
- Investigar más específicamente el cuerpo femenino.
- Analizar patrones de prescripción con enfoque crítico.
- Escuchar el contexto social y vital de cada paciente.
- Evitar reducir síntomas complejos a respuestas rápidas farmacológicas.
No se trata de medicar menos sino de tratar mejor. La salud femenina merece precisión, investigación y acompañamiento real. Y hablar de ello es el primer paso.
Referencias bibliográficas
- García-Esquinas E. et al. (2020). Gender differences in diagnosis and treatment of depression and anxiety. PubMed ID: 32755295.
- Muñoz-Navarro R. et al. (2021). Gender differences in mental disorders and psychotropic drug consumption in Spain. PubMed ID: 34208274.
- Systematic review on gender differences in psychotropic treatment. PubMed ID: 40346833.
- Sharma M. et al. (2020). Gender differences in benzodiazepine prescription patterns. PubMed ID: 33258001.